El cartero

A los cuatro años deseaba llegar a mayor sólo para ser cartero. Me habían dicho ya -jocosamente- que no necesitaba estudiar demasiado para ello, lo cual había estimulado mi interés. En aquel tiempo, claro, la Argentina gozaba de una cierta prosperidad. No existían los "servicios privados de mensajería" que hoy nos acosan con sus motocicletas y avisos de vencimientos, amenazas de embargo o publicidad indeseada. Los carteros de los 50 eran sonrientes amigos uniformados, que llegaban en bicicletas con dos espejos retrovisores y adornos, un coqueto baúl de madera en el portaequipaje, donde guardaban su preciosa carga. Que consistía en cartas de los amigos, de familiares viviendo en otras provincias o países, invitaciones, tarjetas de felicitaciones, Navidad, Año Nuevo, lecciones de algún curso a distancia. A veces llegaban paquetes. Mi padre o mi abuelo solían comprar libros, discos u otros objetos por correspondencia. Entonces la felicidad aumentaba -especialmente para nosotros, los niños.
El uniforme del cartero en esos tiempos merece una especial descripción. Gris, imitaba al de los soldados, incluyendo correajes de cuero, que cruzaban el pecho y la espalda para confluir en el grueso cinto, constelados de hebillas. Su gorra era también como la de los soldados, mas no esos feos birretes de trapo que se usan hoy, sino verdaderos prodigios de elegancia, con precinto de cuero, visera lustrosa y un escudo de la República Argentina al frente.

A lo largo de los años, quizás por habitar una provincia lejana al mar y con poco desarrollo económico, el cartero siguió jugando un papel de importancia para mí. En Santiago del Estero no se conseguían, por ejemplo, ciertos discos que me interesaban. Así, compré a los 14 años, por medio de un cupón que, luego de recortarlo de una revista, debíamos enviar a Buenos Aires, mi primera colección de música. En ese tiempo -1964-, el LP (long play, larga duración), era todavía una gran novedad. Nacido hacia fines de los 50, daba por primera vez la oportunidad de una audición prolongada, sin el fastidio de tener que levantarnos para cambiar el disco cada vez que finalizaba un tema.
Había incorporado, además, notables ventajas, eliminando ruidos y convirtiéndose en un objeto sucesivamente más liviano, fácil de transportar incluso pues podían llevarse, tranquilamente, muchos de ellos en un portafolios o bajo del brazo.
El día que el cartero llegó a mi casa y me entregó el paquete con los discos fue tan emocionante que aún recuerdo los sentimientos que me alegraron el alma. Poniéndolo sobre una mesa, cuidadosamente corté con una trincheta uno a uno los hilos que envolvían la caja de cartón, cubierta a su vez por dos o tres capas de papel astrasa. Mi nombre en el rótulo, la marca con logotipo de la casa comercial que lo remitía, cada detalle me provocaba deliquio. Estaba a punto de iniciar una ceremonia maravillosa.
Con cuidado desprendí aún la tapa lateral para extraer los discos... y aparecieron flamantes, algunos sellados con cubiertas de plástico, 7 discos... siete hermosos longplays, que influyeron desde entonces sobre toda mi vida...
Aún los recuerdo: tres (uno doble) de Ray Charles, uno de Duke Ellington, uno con la selección de "Modart en la Noche" (esta era la empresa que promovía la oferta), uno de Al Caiola, uno de Benny Goodman... por causa de este último, es que insistí como sólo algunos chicos obstinados saben hacerlo para que mi padre me pagara los estudios de clarinete... pero esto ya es otra historia.   

El mundo está loco

Pocas veces como hoy está claro que casi ninguno de los gobiernos del mundo representa los intereses de su pueblo. Se ha formado una casta de opresores, donde confluyen políticos, militares y especuladores millonarios, absolutamente aislados de las vivencias y sentimientos de las personas comunes que subsisten más o menos trabajosamente sobre la Tierra.
Según Stan Goff, militar norteamericano, esta casta internacional es la que ha lanzado sobre la Tierra una campaña de brutal dominación, sin precedentes, con la excusa de los atentados del 11 de septiembre. A estar por sus afirmaciones, existiría una alta probabilidad de que incluso los atentados mismos pudieran tratarse de una operación armada por los servicios de espionaje occidentales, bajo el control de estos nuevos Gengis Kanes anglosajones y germánicos.
Goff no está solo en estos pensamientos. El escritor norteamericano De Venice -asesor de políticos demócratas- tiene la absoluta convicción de que esto es así, e introduce el dato de que agentes iraquíes ahora trabajando para la CIA, con el apoyo de policías alemanes, habrían dinamitado las torres gemelas, para otorgar un fin contundente a la operación concertada. Skolnik, otro investigador norteamericano, expone datos muy importantes para apuntalar esta tesis.
Así las cosas, a los hombres y mujeres de buena voluntad hoy nos queda un solo camino: luchar por la paz y hacer todo lo que a nuestro alcance esté para evitar la consolidación de esta nueva y perversa locura global.

Hora cruzada

Oigan, aquí son las 6:45 de la mañana, y en España cerca de las doce. Digan si no es esto una prueba más -por si hicieran falta- del acertado dicho de Xavier Zubiri colocado gentilmente por un oficioso lector: "el tiempo, de todos los caracteres de la realidad, es el menos real”.
Aquí -en Santiago del Estero, Norte de Argentina- son las 6:46 de la mañana. Está oscuro aún. Recién he salido a la plaza -vivo junto a una plaza, nuestra puerta trasera da precisamente a esa plaza- acompañandola a Lucero, quien sale todos los días, más o menos a esta hora, para hacer sus necesidades. Los sábados un poco más tarde, los días de semana antes de las 6.00.
Mi casa tiene un patio no muy grande casi completamente cubierto por los árboles, que yo mismo he plantado hace unos 10 años. Ese patio, como dijimos, da a una plaza, no muy grande pero lo suficiente como para que la vista y el corazón se sientan gratificado, pues en nuestro caso, es como si prolongara el patio. Vivo en un barrio bastante silencioso, de clase media, donde las casas son todas más o menos parecidas, bastante espaciosas, y los vecinos generalmente cordiales. Dos rutas nacionales pasan junto a nuestro barrio (en realidad una mini-ciudad, ya que tiene cerca de 7.000 habitantes), llamado Autonomía.
Durante los últimos quince años nos fue rodeando un cinturón de gente muy pobre. Este proceso se aceleró en los últimos cinco años. Ellos juntan la basura que sacamos los vecinos del barrio Autonomía, mucho antes de que aparezcan los camiones recolectores -que pasan a la noche, y muy temprano por la mañana. Son las víctimas de la globalización, que la Argentina ya azotó muy fuerte a la sociedad, como se sabe.
Casi no hay hora del día que en que no golpeen nuestra puerta pidiendo "una monedita" o un pedazo de pan. "Alguito", dicen los chicos, simulando sin dificultad una angustia conmovedora, y se refieren con eso a que cualquier cosa, desde un pan duro hasta algún pulóver viejo será recibido con alegría por sus curtidas manos. También una amable lectora puso una sentencia atinada en mi anterior composición "¿Acaso soy libre si mi hermano se encuentra todavía encadenado a la pobreza?" Y hoy quiero terminar con eso.

Ultimo comentario del principio

Aquí comienzan estas notas pero en verdad terminarán. Pues el sistema de blogs implica que los primeros textos serán los últimos. Y heredarán la gracia del lector. En caso de que alguna vez llegue hasta aquí. Es una tarde gris del otoño invernal en Santiago del Estero, un espacio del cosmos donde jamás hace frío de verdad. Acabo de tomar un té con miel muy agradable y me rodean mis hijas. Todo es pacífico y calmo, aquí, pese a la guerra en Iraq. A veces me quejo de carencias diversas -no se vive un alto grado de confort en la Argentina, y de la Argentina Santiago es una de las provincias menos prósperas-, pero me da vergüenza sólo pensar lo que padecen otros pueblos, como el mencionado Iraq, o Afganistán, o tantos otros del África. Por doquier hambre, dolor, ignorancia, rencor... quisiera tener un corazón como el sol para quemar en él la violencia de la humanidad y fundir a todos los seres de la tierra en un definitivo abraso de Amor.

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